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Crónica de un viaje loco para debutar en World Padel Tour

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En este artículo nuestro colaborador Fran Alameda nos va a contar con todo tipo de detalles cómo se fraguó su debut en el World Padel Tour, concretamente en el Sardegna Open. ¡No os lo perdáis!

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Son las 12 de la mañana de un martes más. Acabamos de entrenar, pero algo está pasando. Mi novia, a la que presumía trabajando, aparece por el club (Pádel Málaga Indoor) y mantiene una conversación intensa con Karlitos Rodríguez, mi compañero y por suerte amigo. Parecía que tramaban algo, aunque en realidad esto solo pude pensarlo cuando supe de qué se trataba. De repente, WhatsApp. Mientras vibra mi móvil, ellos se acercan a donde yo terminaba de estirar y beber agua. Una captura de pantalla con mi nombre y el de Karlitos en lo que parece una inscripción confirmada a un torneo. Solo pude apresurarme a preguntar: “¿Esto qué es? No entiendo nada”, que es la forma en la que uno pregunta de manera exagerada cuando sabe lo que ve, pero no quiere creérselo. O no se atreve.

¡Me iba a Cagliari a jugar mi primera prueba de World Padel Tour! Ni lo había sospechado, ni lo peor: no me había atrevido ni a desearlo. Solo eran sueños vagos de un tipo ya de 28 recién cumplidos cuya expectativa única había sido progresar y disfrutar del día a día. Honestamente, desconocía hasta ese día que había alcanzado el ránking andaluz necesario para poder jugar el circuito profesional (los 25 mejores se pueden apuntar… Otra cosa es entrar). La suerte estaba echada. Había pocas parejas e íbamos a poder jugar juntos World Padel Tour.

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Antes de seguir, querido lector, debes de saber que este texto solo es posible por la insistencia inmisericorde del editor de esta web, que ha considerado a bien que sería interesante contar cómo fue mi flamante experiencia en torneos profesionales. Le di evasivas: “Bueno, Antonio… Es que hablando de mí escribo aún peor”. El tipo no se rindió. “No quiero que escribas un Premio Planeta, solo tu experiencia”. Y aquí estoy. No pretendo que le interese a nadie, pero si le ayuda a quien lo lea a perseverar, a insistir, a soñar y a disfrutar, habrá cumplido este texto con un objetivo mucho más alto que pasar un buen rato.

Empiezan los preparativos. Avión, apartamento, combinaciones imposibles. Todas las decisiones apresuradas y caras había que tomarlas ya porque apenas hay unos días desde el cierre de inscripción y confirmación hasta el primer día de previa. Había que volar en mitad de una pandemia, hacerse pruebas PCR, recibir y esperar el resultado sin el que no podíamos ir a ningún lado, etc.

Jueves, 3 de la madrugada. Todo listo y decidido. Resultado negativo obtenido en 12 horas a base de llorar a la amabilísima mujer de un laboratorio de El Palo, Málaga (sí, donde nació Bea González). El avión. Billete sacado. Pero no llega el correo. “Puede tardar unas horas en recibir la confirmación”, decía la web de venta de billetes. A priori, ningún problema… A menos que el avión saliera destino Roma a las 9 de la mañana. En 4 horas teníamos que dormir e ir al aeropuerto y no había billete. La improvisación no había hecho más que comenzar.

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Siete y media de la mañana, entra Marina (mi pareja) en la habitación con algo que a mí me parecían voces. Yo, sobresaltado, trato de averiguar qué hora es con la sensación de que he perdido el avión seguro (y el compañero, claro…). “¡Son las 7.30!, habías quedado hace media hora en la puerta de casa con Karlitos para irte a Italia…” No tengo ni idea de lo que ha pasado. El estrés de todo el día de preparativos me dejó sin la capacidad de poner el despertador justo antes de dormir. Pero las noticias de Karlitos eran todavía mejores: el único correo que había recibido era uno que le advertía de que los billetes no habían podido ser expedidos.

Afortunadamente, se activó un Plan B que no estaba en los pensamientos y pudimos viajar a media tarde camino de Roma y Cagliari. Llegamos casi a medianoche. Pero llegamos. Bueno, llegamos por poco, podríamos decir. Los vuelos no tuvieron incidencia e íbamos prácticamente solos. Entonces -y hoy- solo se podía viajar con motivo justificado y previa PCR negativa adjuntada (al menos a Italia).

Todo fue fluido hasta el taxi donde, pongamos, Paolo nos estaba esperando. Paolo resultó ser un taxista de esos que cree que el resto de coches compite contra él. Nos llevó a todo lo que daba el taxi, no sé si tratando de evitar que pudiéramos hacer turismo visual y ya no quisiéramos salir del apartamento el resto de la estancia. A medio camino puse Google Maps, el trayecto parecía un poco largo. Paolo nos adentró en un barrio de calles escuálidas y vecinos extraños. No hubo uno de los cuatro o cinco seres que nos cruzamos por aquellas calles en las que ni Paolo podía meter quinta que nos dedicara una mirada amable. Karlitos, con la cara a medias entre el desmayo de tanto volantazo y el miedo, me susurró: “Solo espero que el apartamento no esté cerca todavía“. Yo asentí: “Sí, sí, prefiero no llegar aún…“. Y tanto que no llegamos. Paolo tuvo a bien pasar tres veces por la misma calle buscando una salida que no existía y girar por donde él creía que era, aunque fuese prohibido. Yo le enseñé la pantalla del móvil, pero el tipo estaba seguro de lo que hacía hasta que nos dejó por una de las calles por las que habíamos deambulado treinta y cinco veces, diciendo: “Diez metros y ya llegáis al apartamento“.

Cerca de la una de la madrugada. Pandemia. Pero allí estaba nuestro amable casero italiano, este sí, para darnos la llave de un apartamento de planta baja que fue todo un acierto. Bueno… pandemia en España, porque las calles céntricas de Cagliari eran lo más cerca de un regreso al pasado que hemos podido vivir en un año. No cabía un alfiler debajo del Bastion di Saint Remy. El caso es que habíamos llegado al apartamento, estábamos vivos y listos para entrenar al día siguiente. Por la mañana, compras y vuelta de reconocimiento al club y a la zona. Por la tarde, sin poder reservar pista, nos acercamos al club a ver si caía del cielo un entrenamiento. Entramos con más o menos problemas al club, pero llegamos a lo que parecía una pista central. Verde, radiante, moqueta con aspecto muy lento, pero símbolos de World Padel Tour por todas partes… Y allí estaban jugando un cruzado el mítico ‘Bebe’ Auguste y Diego Rosell, un chico de Ciudad Real que estaba afincado en Málaga y al que, al menos, conocíamos. Auguste nos cedió la pista para que entrenáramos y le diéramos ‘feedback’ sobre la velocidad y los botes del césped. La escena aquella tampoco es verosímil, pero así sucedió: el ‘Bebe’ finalizaba apresuradamente su pachanga para que Karlitos y yo entráramos en la pista. Era exagerado hasta para soñarlo, pero estaba pasando. Entrenamos y luego pudimos echar un partido contra dos chicos de Madrid, De Castro y Bressel. Yo creo que tampoco olvidaremos aquella primera pachanga italiana.

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Fran Alameda y Karlitos Rodríguez en una prueba del World Padel Tour

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Día de torneo, partido, debut en World Padel Tour. Ciertamente, las horas previas lo sobrellevamos mejor de lo esperado. Empezábamos a las siete de la tarde y el sorteo nos había deparado jugar contra Josepe Montalbán, un granadino afincado también en Málaga, y Hugo Martínez, al que no conocíamos de nada. Nos dieron una leve referencia para quitarnos el miedo y poco más. Ganamos primera ronda. Entramos nerviosos (recuerdo que el peloteo de ambos para entrar en calor fue digno de un torneo de barrio que de World Padel Tour), pero competimos todo lo que pudimos y ganamos. Acabamos, hicimos las pertinentes llamadas de celebración y preparados para el día siguiente. Allí dieron buena cuenta de nosotros Chipi y Javi García, pero antes de entrar nos dijeron: ¡hay ocho partidos y cuatro Wild Cards para la siguiente ronda! Como alguno ya estará pensando… ¡nos tocó la Wild Card! Letra G: Alameda-Rodríguez.

Volvieron a bajarnos del sueño, esta vez, Gapar y Zapata. Allí experimentamos lo que es ser novato en todos los términos. Al terminar, le pedimos a José Carlos Gaspar que nos hiciera una foto dentro de la pista. Él echó un vistazo alrededor y dijo: “Mejor en el photocall, ¿no?“, que era un llamativo panel que ponía “Sardegna 2020” a todo color. Ni en fotos teníamos experiencia. Más o menos, hasta aquí duró todo lo excitante del torneo. Pudimos ver bastantes partidos, aprender, jugar a un ritmo que no podíamos ni tan siquiera seguir y sentirnos parte del circuito de pádel profesional. Llegamos a Málaga con tantas ganas de más que, desde entonces, nos hemos apuntado a todas y jugamos de nuevo Menorca, Barcelona y Madrid.

Con 28 años, dos hijos y más de 30 horas de clase en las piernas cada semana, la ilusión de mejorar y superarme es lo que me lleva a seguir con el caro (la inversión da para un texto quizá todavía más largo que este) sueño de World Padel Tour. La motivación es la mecha que lo mueve todo y el motor de este texto, que solo ha pretendido incitar al que le falten ganas y hacer partícipe a todo aquel que no sepa qué puede haber detrás de un debut en World Padel Tour.

Fran Alameda jugando una prueba del World Padel Tour

BONUS TRACK: El partido que hizo posible jugar esta prueba se jugó en Jaén. Íbamos perdiendo 6-2, 4-1 en un pésimo partido, de estos en los que ni tirando la pelota a empujones acaba entrando. 7-6 y 7-5 fueron el segundo y tercer set. Victoria, puntos y la subida necesaria en el ránking para entrar entre los 25 mejores y jugar World Padel Tour. Sigamos soñando.

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Fran Alameda
Monitor y jugador de pádel, apasionado y analista a tiempo completo. Imparto clases en Pádel Málaga Indoor. Graduado en Periodismo y aprendiz en ciernes de Psicología. Patrocinador: BullPádel. Más información, entre cervezas y cafés.

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