El Madrid P1 echó el telón tras una semana que volvió a demostrar por qué esta cita tiene un aura especial. Más allá de su categoría, más allá de que existan torneos catalogados como “mayores”, Madrid guarda un sabor distinto. Es jugar en casa, en pleno corazón de España, y eso lo convierte en un escenario incomparable. Desde dentro, hemos podido vivir un torneo que deja luces y sombras fuera de la pista, y un epílogo memorable dentro de ella.
Del gran acierto del 2024, a las medias tintas del 2025
En líneas generales, la competición estuvo a la altura de lo que demandan la ciudad y la infraestructura. Sin embargo, la gran virtud que el año pasado elevó a este torneo a la excelencia desapareció en esta edición: la zona comercial.
En 2024, dos largas hileras de stands, representando prácticamente a todas las marcas del ecosistema pádel, inundaban la Plaza de Goya. Esa experiencia no se limitaba al aficionado con entrada, también al viandante casual que, de repente, se sumergía en el ambiente del torneo. Miles de personas convirtieron aquel espacio en una auténtica fiesta.
Este año, en cambio, apenas unos pocos stands aislados junto a las puertas del Movistar Arena fueron todo el escaparate. El contraste fue evidente: lo que antes suponía un paseo de una hora, ahora se resolvía en cinco minutos. Todo apunta a un problema de licencias con el Ayuntamiento, pero lo cierto es que Madrid perdió parte de su magia en este apartado.
Decisiones que desconciertan
Otra cuestión difícil de entender se vivió el viernes. ¿Qué sentido tiene concentrar los ocho partidos de cuartos de final en una sola pista? Sobre el papel, cuanto más en la central mejor, pero la probabilidad de que algún encuentro se extendiera era prácticamente absoluta. Y así ocurrió: la jornada acabó pasada la una de la madrugada.
La pista 2 del Movistar Arena es más que digna, nada que ver con recintos como Tarragona o Valladolid, donde las canchas auxiliares apenas dan cabida a los familiares. En Madrid se podía haber repartido juego sin que ello supusiera un agravio.
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Y en cuanto a la asistencia, conviene matizar. Premier presumió de superar los 14.000 espectadores en semifinales, y es cierto que la cifra es verosímil, pero la sensación sobre el terreno fue distinta. El pabellón, uno de los más grandes de España, mostraba claros huecos en localidades de alta demanda, no en las alturas. Una entrada notable, sí, pero lejos de la imagen de “sold out” que se quiso proyectar.
Cuando el trabajo y la locura florecen
En lo estrictamente deportivo, el torneo fue magnífico. Un guion imprevisible, con sorpresas diarias y cabezas de serie cayendo una tras otra. Desde los cuartos, donde Chingotto y Galán dijeron adiós y Coello y Tapia sobrevivieron en el alambre, hasta las semifinales, con aquel partido antológico entre Stupaczuk-Lebrón y Di Nenno-Augsburger que fue puro pádel champagne.
Aquel encuentro dejó una fotografía perfecta de la pareja número tres: un Franco pletórico, un Lebrón desatado, pero también los fantasmas recurrentes de Stupa en los momentos límite, acompañados por los gestos nerviosos de su compañero.
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El final ya forma parte de la historia. Por primera vez en Premier Padel, una pareja se consagra derrotando consecutivamente a los números uno, dos y tres del ranking. Di Nenno y Augsburger firmaron una gesta memorable. Del primero ya conocíamos sus piernas infinitas y su capacidad de resistir; del segundo, descubrimos la confirmación de un futuro que ya es presente. Leo puede tumbarte con un remate inverosímil desde más allá de la línea, y al instante siguiente fallar un resto sencillo o mandar una volea al cristal. Esa es su esencia: desbordante, imperfecta, irresistible.
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