Bajó el telón de la semana más emblemática de la temporada. Con ello, se despidió el Paris Major. Roland Garros volvió a vestirse de pádel, pero esta vez el espectáculo en pista no estuvo a la altura del escenario. No merece la pena detenerse demasiado en ese punto, porque la verdadera victoria de Premier Padel ya está escrita: llevar este deporte al templo del tenis, a la Philippe-Chatrier. Aun así, conviene analizar lo que nos dejó esta edición.
Un Major descafeinado por el baile de parejas
En lo deportivo, la semana resultó ser una de las más grises que recordamos. Y alguien podrá objetar: “pero si hubo sorpresas, si cayeron cabezas de serie”. Sí, pero conviene hacerse la pregunta: ¿por qué?
El pádel profesional vive instalado en la mudanza constante. Los cambios de pareja, ya normalizados, han convertido a este deporte en un escenario cada vez más individual. Y claro, el impacto es evidente. La comparación con el fútbol es inevitable: millones se hicieron del Barça por Messi, ¿alguien imagina que, en mitad de temporada, abandonase al equipo para probar suerte en otro y dejar el proyecto? Pues eso mismo sucede aquí.
El caso más gráfico lo tuvimos en cuartos de final. Stupa y Lebrón frente a una de las duplas más prometedoras del circuito. Un duelo de altura… sobre el papel. Porque la realidad fue otra. La actitud de los jóvenes españoles rozó la apatía, marcada por la noticia de su inminente separación. Y hablamos de unos cuartos de final de un Major, donde debería respirarse épica, no indiferencia.
Cuando Lebrón lo abraza..creo q se desmorona Fran, se lo ve dolido, que ha pasado? Por qué no se saludaron con Javi? …las separaciones no salen como las pensamos a veces. pic.twitter.com/W13fdiOqXV
— Ariel Gatica (@GaticaAriel) September 12, 2025
El daño colateral es evidente: la afición. Tanto en España como en Argentina, el pádel bebe de la pasión futbolera. La identificación con un club, con unos colores, con unos valores. Aquí, en cuanto el espectador empieza a ilusionarse con una pareja, esta ya ha roto. Y así, es imposible tejer raíces emocionales duraderas.
Un sobreanálisis estéril
El final del torneo no sorprendió a nadie. Domingo tras domingo, las redes sociales se llenan de hipótesis: que si Galán volvería a competir por el Nº 1 si regresase con Lebrón, que si tal jugador con tal otro… todo en condicional, todo en futuribles. Pero la única verdad tangible es que Tapia y Coello están varios escalones por encima.
Sí, habrá jugadores que por estilo logren incomodarlos, partidos donde sufran más de lo esperado. Pero en el escenario grande, cuando la gloria aprieta, no hay pareja capaz de mirarles de frente. Y no es solo en pista: en los banquillos también se nota la distancia. Jorge Martínez, técnico de Galán y Chingotto, parece cada vez más perdido en el análisis, centrado en lo mental cuando lo táctico brilla por su ausencia.
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Mientras tanto, al otro lado, Agustín y Arturo forman una maquinaria perfectamente engrasada. Ellos, su equipo de trabajo, sus sinergias. Todo apunta a que tenemos #1 para largo. Claro, el deporte siempre guarda margen para la sorpresa, para el giro inesperado que sacuda el avispero. Pero hoy por hoy, la realidad es incuestionable: la hegemonía de Tapia y Coello es y será total.
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