Federico Chingotto habla del pádel con una sinceridad que desarma. En una entrevista profunda realizada por Eight Sleep, el argentino repasa su vida, sus miedos, sus sacrificios y el camino que lo llevó a convertirse en uno de los jugadores más queridos del circuito. Lo hace con la misma naturalidad con la que compite: desde el corazón. “Disfruto muchísimo estar dentro de una cancha de pádel”, confiesa. Y basta verlo jugar para entender que no exagera.
Su historia empieza en casa. Sus padres jugaban, él siempre estaba cerca de una pista y desde pequeño descubrió que ese deporte era su lugar en el mundo. A los cinco años empezó a jugar y desde entonces no se ha separado del 20×10. En la puerta de su habitación había una frase que lo acompañó toda la vida: “Siempre hay que tratar de ser el mejor, nunca creérselo”. Ese mensaje lo mantuvo con los pies en la tierra incluso cuando empezó a ganar torneos de niño. Hoy, convertido en una estrella mundial, sigue guiándose por esa idea.
El sacrificio que lo forjó: dormir en el coche y una sola bala para cumplir su sueño
Antes de llegar a la élite, Chingotto vivió etapas duras. En Argentina, la economía familiar era justa y viajar para competir era un lujo. Muchas veces dormía en el coche para no pagar hotel. Rifas, tómbolas y ayuda de amigos fueron parte del camino. Pero hubo un momento clave: cuando tuvo la oportunidad de viajar a Europa, sabía que era su única bala. Si no funcionaba, tendría que volver a Argentina y jugar al pádel como hobby. “No hay presión más grande que esa”, admite. No era una presión impuesta por su familia, sino por él mismo. Era la responsabilidad de intentar cumplir su sueño.
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Por eso, todo lo que vive hoy —títulos, finales, exposición mediática— lo gestiona desde otra perspectiva. Ha pasado por demasiado como para que una derrota lo derrumbe. “He vivido cosas mucho más duras que perder un partido”, reconoce. Esa experiencia lo sostiene incluso ahora que pelea por el número uno del mundo.
El salto a Europa y el torneo que le cambió la vida
A los 13 o 14 años entendió que quería dedicarse al pádel profesional. Miraba el circuito europeo por internet y soñaba con estar ahí. Su entrenador de entonces, Matías Ortiz, le inculcó una idea clave: no quemar etapas. Competir en todas las categorías, aprender a ganar, aprender a perder.
El salto definitivo llegó cuando ya era número uno de Argentina. Ganó un torneo que otorgaba un pase para viajar a España y debutó en Alicante. Desde la pre-previa avanzó hasta octavos, donde se cruzó con Paquito Navarro y Sanyo Gutiérrez, entonces pareja número dos del mundo. El resultado fue contundente: 6-0 y 6-1 en 45 minutos. Pero para Chingotto fue un premio inolvidable. “Era nuestro octavo partido y el primero de ellos. Fue un torneo que me marcó para siempre”.

Dudas, frustración y una familia que nunca lo dejó caer
Como todo deportista, también tuvo momentos de incertidumbre. Entrenaba horas y horas, pero los resultados no llegaban. Le dolía no poder devolverle a su familia todo el esfuerzo que hacía para que él pudiera competir. Hubo dudas, replanteos, frustración. Pero nunca estuvo solo. Su familia y su entrenador lo sostuvieron con una idea clara: disfrutar el proceso. Y tenían razón: las cosas tardan, pero llegan.
La rutina invisible: cómo se prepara Chingotto antes y después de un partido
Su día de competición es casi un ritual. Se despierta temprano, desayuna y se dirige al gimnasio para una hora de activación física. Movimientos preventivos, cargas rápidas, ejercicios explosivos. Después habla con su psicólogo para ajustar sensaciones y preparar el partido desde lo emocional. Antes de comer, analiza con su entrenador los detalles tácticos del encuentro. Si puede, duerme una mini siesta. Luego llega al club con más de una hora de antelación, realiza una entrada en calor larga y toca pelota antes de competir.
Después del partido, lo primero es llamar a su familia. Luego habla con su equipo, se ducha, recibe tratamiento físico y cena. Todo está pensado para que su cuerpo y su cabeza estén alineados.
El clic mental: de un título en ocho años a cinco en pocos meses
Durante su etapa con Juan Tello, Chingotto jugó muchas finales, pero ganar era difícil. Hasta que algo cambió. “Un día la cabeza hace clic”, reconoce. De repente, empezó a sentirse más seguro en los momentos decisivos. Más tranquilo en las finales. Más preparado para ganar. Ese cambio coincidió con su unión con Ale Galán, un jugador acostumbrado a competir por títulos. “Ale transmite calma. Eso ayuda muchísimo”, explica.

Pero el clic no fue solo externo. Chingotto llevaba años acumulando experiencia: finales de menores, torneos clasificatorios para Mundiales, presión desde niño. Todo eso, sumado al trabajo con su psicólogo, terminó encajando. Pasó de tener un título en ocho años a encadenar cinco en pocos meses. De jugar 30 o 40 partidos al año a no bajar de 90. De vivir tranquilo a tener compromisos, entrevistas, marcas y cámaras alrededor. “Me gusta dormir la siesta y estar tranquilo en casa. Ahora cuesta más”, admite.
Cómo nació la pareja Chingotto–Galán
El final de 2023 fue un punto de inflexión. Chingotto terminaba su proyecto con Paquito Navarro y sentía que estaba creciendo mentalmente. Decidió llamar a Galán para tantear posibilidades. Hablaron, pero no cerraron nada. En 2024, mientras jugaba con Momo González, recibió una llamada inesperada. Pensó que era para cenar. Estaba saliendo de la peluquería. Pero no: Galán quería empezar un proyecto juntos. Chingotto aceptó sin dudar. Era su oportunidad. Así nació una pareja que hoy pelea por todo.
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La presión del número uno y cómo gestiona las derrotas
La presión existe, pero no lo domina. “La mayor presión fue tener una sola bala para cumplir mi sueño”, explica. Por eso, ahora lo vive todo con otra perspectiva. Cuando pierde, especialmente si siente que no dio su 100 %, le duele. Pero resetea rápido. “Es un partido de pádel. No pasa nada. En una semana tienes otra oportunidad”.
Sus anclajes son claros: su familia, su novia, sus amigos, su equipo y un tatuaje dedicado a un amigo que ya no está. Todo eso lo devuelve a tierra. Para él, el reseteo es sobre todo mental. Si la cabeza no descansa, el cuerpo tampoco. Y si la cabeza dice “estás cansado”, el cuerpo no responde.
Un jugador que representa la esencia del pádel
Chingotto ha visto la evolución del pádel desde dentro. De jugar en pistas de cemento en Argentina a competir en estadios llenos en todo el mundo. “El pádel no va a parar. Va a ser cada vez más global”, asegura. Ha jugado en Rusia, México, Egipto, Estados Unidos… y pronto, quizá, en Japón. Para él, cada viaje es un recordatorio de lo lejos que llegó aquel chico que dormía en el coche para competir.
La historia de Federico Chingotto es la historia de un sueño perseguido con humildad, sacrificio y pasión. Es la historia de un jugador que no se rinde, que se adapta, que compite con el corazón. Y también la de un hombre que, pese a estar en la cima, sigue disfrutando del pádel como cuando era niño. Chingotto no solo juega al pádel: lo siente.
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