Ser jugador profesional de pádel hoy en día no solo se mide en victorias o ranking. Se mide en aeropuertos, tarjetas de embarque y horas de espera. Muchas horas. Tantas que, en algunos casos, el año se convierte en un trayecto continuo en el que competir es solo una parte del viaje. Una especie de vida en tránsito, con la maleta siempre medio hecha.
El desgaste y el alto coste de ser jugador de pádel profesional
Andrés Fernández Lancha, un jugador que siempre se muestra muy transparente en redes sociales, compartía una captura con todos los vuelos que había tomado en 2025: 55 vuelos en un solo año. Más de 200 horas en el aire, recorriendo Europa, Oriente Medio y América. Torneos, escalas largas y también algún desplazamiento personal inevitable en una temporada cada vez más global.

Más de ocho días al año pasado entre nubes. Un dato que ya te ofrece una radiografía clara del desgaste. Y no solo en lo psicológico, sino también en el impacto económico. Haciendo una estimación conservadora, esos 55 vuelos pueden rondar los 18.000 euros en billetes, una cifra que, para muchos jugadores, pesa casi tanto como una derrota temprana.
Marc Quílez lanzaba una reflexión realista a la par de interesante en una entrevista reciente para Mundo Deportivo. Ganarse la vida únicamente compitiendo no es sencillo para todos. Hace años, el circuito permitía viajar por España a bajo coste y volver a tu casa tras una eliminación. Hoy, el calendario obliga a volar a destinos por todo el mundo, con billetes que superan fácilmente los mil euros y estancias largas incluso cuando el torneo se termina en primera ronda.
A ese escenario se suma ahora un nuevo peaje: la cuota anual de 150 euros que deberán pagar los jugadores fuera del TOP 100 para poder disputar los torneos. Una cuota que ha despertado quejas entre los jugadores y que, a pesar de ser una cantidad asumible en términos absolutos, añade presión a quienes ya compiten con márgenes muy ajustados y una estructura económica frágil.
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El pádel crece, se internacionaliza y reparte más dinero que nunca. Pero también exige más inversión, más viajes y más capacidad de resistencia. Y en un circuito cada vez más global, no todos los jugadores parten desde el mismo punto de salida.
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