Por fin hemos vuelto a disfrutar de un partido de los de antes. De esos en los que pasan cosas, en los que hay altibajos, emoción y giros. Un encuentro que te mantiene pegado a la pantalla más allá del resultado. Tras una semana de competición, esto es lo que nos deja el Milano P1:
Bálsamo para el circuito, para el espectador y para Chingotto
Así podría resumirse este torneo. Cuando la monotonía se hacía insoportable y el espectáculo profesional parecía estancado, Milán nos devolvió un partido con alma.
La final nos deja dos grandes conclusiones. La primera, Chingotto. Poco más hay que añadir. Es un ejemplo dentro y fuera de la pista; un espejo en el que mirarse. Galán lo definió mejor que nadie: “Es el MVP de la vida”. Jugadores así son imprescindibles, porque representan la esencia del pádel: trabajo, humildad y sacrificio.
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En lo deportivo, las cuentas siguen abiertas, aunque el reto es mayúsculo. Con su inscripción al FIP Platinum de Lyon y la ausencia de Tapia y Coello en el P2 de Giza, aún queda una mínima opción de disputar el Nº1, aunque sea remota.
La segunda lectura de la final es la clara diferenciación entre Tapia y Coello. No se trata de debatir quién es mejor, discusión vacía, sino de observar las dinámicas reales de la pareja. Si Coello no está bien, la pareja no funciona. Tapia, por talento, no tiene esa capacidad de arrastre. Coello sí. Por físico, presencia y jerarquía en pista, es quien sostiene el andamiaje del dúo. Lo hemos visto muchas veces: cuando Arturo aprieta, ganan; cuando se apaga, a la pareja sufre muchísimo más.
¿Una monotonía forzada?
Preocupa que celebremos el partido de ayer como si fuese un oasis, cuando hace no tanto eso era la norma. Y aquí surge la pregunta: ¿por qué hemos llegado a este punto?
La monotonía no está en que siempre ganen los mismos, porque se lo han ganado, sino en cómo transcurren los partidos. Desde cuartos hasta las finales, el patrón se repite: mismos desarrollos, mismo ritmo, misma previsibilidad. Falta chispa, sorpresa, emoción.
Y quizá el problema sea más estructural de lo que parece. Antes de la final, Jorge Martínez lo explicó en una entrevista con MARCA horas antes de la final:
A las 1️⃣8️⃣ de #España comienza la final masculina número 1️⃣9️⃣ de #PremierPadel
En 9️⃣ se han visto las caras los mismos cuatro protagonistas.
Para los que piensan que la misma final de siempre, no hace bien al #padel
Les dejo la reflexión que realizó @Jorge_MartinezP en… pic.twitter.com/N8GirUWg3M— El Negro Gonzalez ️ (@NegroGonzalez77) October 12, 2025
¿De qué sirve tener diferentes categorías si los jugadores están obligados a jugarlas todas?. Una reflexión tan lógica como incómoda.
El año pasado, los mismos jugadores disputaban el Valladolid P2 en un pabellón de circunstancias y, a la semana siguiente, estaban en Roland Garros. A ojos del espectador, todo termina pareciendo lo mismo. En los tiempos de World Padel Tour, los Challengers estaban vetados a los dieciséis primeros del ranking, lo que abría espacio para nuevas caras, nuevas historias y partidos distintos.
Hoy, los Majors, P1 y P2 se diferencian solo en el nombre y en el prize pool. Tal vez sea momento de repensar el modelo: reducir premios para repartir mejor los recursos, dar aire a los promotores locales y devolver al circuito un poco de diversidad.
La saturación también juega su papel. Los jugadores no descansan, no entrenan juntos con tiempo, no evolucionan. Cuando no hay Premier, están cruzando el planeta para jugar una exhibición. Y así, inevitablemente, todo termina pareciéndose demasiado.
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