Esta semana ha concluido el FIP Silver Dubai, una prueba más dentro del cada vez más extenso CUPRA FIP Tour. Un circuito que nace con una idea muy clara: internacionalizar el pádel, expandirlo por mercados emergentes y ofrecer puntos a jugadores que, de otra forma, tendrían muy complicado acceder a los grandes focos.
Sobre el papel, el proyecto es impecable. En la práctica, empiezan a surgir grietas.
Una final que no parecía un FIP Silver
En categoría masculina, Pol Hernández y Guille Collado se impusieron con autoridad (6-1/6-3) a Javi Garrido y Lucas Bergamini. En el cuadro femenino, Virginia Riera y Teresa Navarro hicieron lo propio ante Giorgia Marchetti y Lea Godallier (6-2/6-3).
Resultados claros, partidos sin excesiva historia. Pero el dato relevante no está en los marcadores. Está en los nombres.
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Porque lo que vimos en Dubai no fue una final masculina al uso de un FIP Silver. Fue un enfrentamiento perfectamente trasladable a unos octavos o cuartos de Premier Padel. Y ahí es donde empieza el debate.
El cuello de botella del sistema
El CUPRA FIP Tour es, sin duda, un éxito organizativo. Torneos cada fin de semana en distintos continentes, expansión real del deporte y una estructura global que hace unos años parecía impensable. La Federación Internacional de Pádel ha conseguido algo ambicioso. Sin embargo, existe una contradicción evidente.
Si en Premier Padel apenas hay diferencias estructurales entre un P2 y el Finals —con prácticamente todas las parejas top compitiendo sin restricciones—, ¿qué espacio real queda para que los jugadores de países emergentes crezcan en “su” circuito?
El sistema de puntuación y la ausencia de limitaciones claras están generando un efecto embudo. Jugadores de alto ranking encuentran rentable competir en pruebas FIP de categorías inferiores. Suman puntos, aseguran resultados y, de paso, elevan el nivel competitivo hasta un punto que desnaturaliza el propósito inicial del circuito.
No es una teoría aislada. Hace apenas unos días, Edu Alonso señalaba públicamente este mismo problema. Y no es casualidad.
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El ejemplo más evidente lo vivimos la pasada temporada, cuando en plena batalla por el número uno, Galán y Chingotto llegaron a inscribirse en un FIP Platinum —aunque finalmente no lo disputaron—. El simple hecho de que esa opción fuese viable ya dice mucho.
¿Internacionalización o saturación?
El debate no es menor. Si un FIP Silver presenta finales con jugadores consolidados del top mundial, el circuito gana en atractivo inmediato. Pero, al mismo tiempo, reduce las oportunidades reales para quienes deberían utilizarlo como trampolín.
El CUPRA FIP Tour nació para abrir puertas. La pregunta ahora es si, con la configuración actual, no está empezando a cerrarlas sin querer. No estamos ante una crónica de resultados. Estamos ante una situación estructural que merece reflexión.
Porque si todo vale y no hay límites claros, el sistema terminará tensionándose. Y cuando eso ocurre en cualquier deporte, las consecuencias no tardan en aparecer.
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