Nos acercamos al ecuador de la temporada con el parón de agosto a la vista, aunque este año el circuito no descansa del todo: habrá dos pruebas en ese mes que históricamente pertenece a la playa. Antes de mirar hacia adelante, toca hacer balance del Bordeaux P2.
Ni con el calor infernal en el cielo, ni con el hielo bajo los pies
En Valladolid, cuarenta grados, outdoor, una pelota que más que bola de pádel parecía el quidditch de Harry Potter. En Burdeos, pista lenta, indoor, el hielo de la Patinoire a escasos centímetros bajo los pies. Condiciones radicalmente distintas. Resultado exactamente el mismo.
Arturo Coello y Agustín Tapia tienen registros para todo. Cuatro títulos consecutivos que ya no sorprenden, pero que obligan a hacerse una pregunta incómoda: ¿tienen realmente competencia? Lo de Galán y Chingotto tiene un mérito enorme, nadie lo discute. Han llegado a su sexta final consecutiva, Ale acumuló 36 winners en unas semifinales que jugó prácticamente andando y aun así ganó, y encima protagonizó su final número cien. Solo Belasteguín, Juan Martín Díaz y Pablo Lima han llegado a esa cifra. No es poco.
Pero los números uno siempre han tenido respuesta. Da la sensación de que, cada vez que Galán y Chingotto han intentado dar un paso al frente decisivo, Coello y Tapia han encontrado la marcha extra. El techo de los de Pratto lo marcan Ale y Fede, por ilógico que suene. Y en esta final, con el H2H igualado a cuatro y los títulos individuales de Galán y Tapia empatados a 58 antes del primer punto, todo apuntaba a un partido cerrado. Ganaron los números uno. Como siempre.

Vale que es un P2 y que la categoría sirve sobre todo para mantenerse en la carrera, pero hay algo más profundo ahí. Si mañana apareciese una nueva segunda mejor pareja del mundo, los de Pratto también les ganarían. El problema no es Galán y Chingotto. El problema es que los números uno parecen imbatibles.
La mediocridad del top 8
Dicho así suena duro, pero no es una crítica sin fundamento: es un diagnóstico. Más allá de las dos primeras parejas, el nivel masculino está muy bien estratificado, demasiado. Cada pareja cumple su rol, los estamentos del ranking están bien marcados, y nadie da una sorpresa de verdad. Rachas mejores y peores, algún resultado llamativo, pero nada que haga pensar en una ruptura real del orden establecido.
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Tuvimos un atisbo con Augsburger y Cardona en su momento. Algo parecido con Lebrón. Se han probado decenas de combinaciones de parejas y la conclusión siempre es la misma: queda mucho por entrenar. La buena noticia de la semana es que al menos hemos podido volver a ver a Paquito y Di Nenno en unas semifinales, recordándonos que hubo un tiempo en que este circuito fue otra cosa. La duda es cuánto va a durar esta monotonía.
La excepcionalidad del femenino
Radicalmente distinto es el panorama en categoría femenina, y no por falta de dominio en la cima. Triay y Brea y González y Josemaría están peleando por la primera plaza del ranking, sí, pero no se reparten los títulos entre ellas dos. Una pierde en cuartos, la otra cae en semis, una encadena varios torneos seguidos, la otra gana un Major. No hay aplastamiento.
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En dos semanas hemos visto cómo una pareja procedente de la qualy llegaba a semifinales y cómo Icardo y Jensen vencían a la mejor pareja del mundo en una final. En el masculino eso es ciencia ficción. En el femenino es el martes por la tarde. Hacer una quiniela ahora mismo es imposible, y encima los rumores apuntan a que pronto se agitará el avispero: Claudia Fernández y Sofía Araújo han llegado a su techo antes incluso de que la temporada cogiera velocidad, sus resultados empeoran poco a poco, y la posible pareja formada por Martina Calvo y Claudia Fernández suena cada vez con más fuerza.
Esa incertidumbre, esa sensación de que cualquier cosa puede pasar en cualquier ronda, es exactamente lo que la categoría masculina necesitaría. De momento, sigue esperándola.
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