Vaya auténtico torneazo ha sido este Brussels P2. No hay otra forma de describirlo. Desde primera ronda hasta la última pelota de la final, una de esas semanas que se quedan grabadas. Y no solo por lo deportivo: el Gare Maritime volvió a superarse a sí mismo, con una pista central que fue de las más bonitas y singulares que recordamos en el circuito. Hay lugares que no solo acogen un torneo, sino que lo envuelven. Este es uno de ellos. Vamos a analizar todo lo que nos ha dejado esta semana en Bélgica.
Lo que se pierde cuando los deportistas dejan de sentir
Vivimos en un tiempo extraño. Un tiempo en el que sentir parece una debilidad, en el que contener es sinónimo de fortaleza, en el que el estoicismo se ha convertido en la filosofía de cabecera de medio mundo. Reprimir, controlar, gestionar. Como si la emoción fuera un problema a resolver y no la razón por la que hacemos casi todo lo que hacemos. Y entonces aparecen Juan Lebrón y Leo Augsburger, y uno respira.
De perder en primera ronda en Giza contra una pareja de la previa, a ganar en Bruselas venciendo a la segunda y a la primera del mundo. De un extremo al otro, sin red, sin postureo, sin calculadora. Lo quieren todo, y para quererlo todo también hay que estar dispuesto a pasarlo muy mal. Esa es la diferencia entre los que sienten de verdad y los que han aprendido a simular que sienten.
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El deporte profesional lleva años convirtiéndose en otra cosa. El marketing, la marca personal, la imagen pública: conceptos que han pulido a los deportistas hasta dejarlos sin aristas, sin materia, sin vida. Robots diseñados para atraer seguidores y patrocinadores, optimizados para no ofender a nadie ni despertar nada en nadie. El pádel profesional no es ajeno a esto, al contrario: colmado de monotonía, de parejas que se deshacen antes de terminar el año, de identidades que no llegan a cuajar. La conexión con el público se ha vuelto frágil, casi artificial.
Pero aún quedan resquicios. Esta semana en Bélgica hemos visto un equipo, una identidad, una forma de entender el juego y la competición. Una pareja con carácter propio, que te puede caer mejor o peor, pero que te obliga a posicionarte. Y en este mundo tan tibio, eso ya es un logro enorme.
Y al César lo que es del César: más allá de la juventud y de todo lo que está consiguiendo el de Misiones, estamos viendo la mejor versión de compañero que ha tenido Juan Lebrón en su carrera. No hace falta descubrir el talento de Augsburger, eso ya lo conocemos. Lo que ha crecido es el rol de líder del andaluz, su capacidad para cargar con el equipo cuando toca, para sostener cuando el otro tambalea. Gran parte del éxito pasa por ahí.
Una semana en la que el guion se rompió
El deporte de alto rendimiento tiene una tendencia natural hacia la monotonía. En el fútbol siempre ganan los mismos, las ligas domésticas se disputan entre dos, en el tenis solo parece haber dos jugadores, en el ciclismo siempre gana el mismo. El resultado previsible como destino inevitable. Este Brussels P2 fue, durante una semana, la negación de esa máxima.
Las dos parejas número uno del ranking perdieron sus respectivas finales. Aunque hay que ser honestos: son casos distintos. En categoría masculina, la distancia en puntos sigue siendo abismal. Hay dos parejas que viven en otra dimensión, y todo lo demás compite por acercarse. Pero al menos, después de Bruselas, cabe la esperanza de que la lucha por los títulos empiece a ser cosa de tres.
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En categoría femenina, el movimiento es más profundo. Bea González y Paula Josemaría suman ya tres títulos consecutivos y tienen a tiro el liderato de la RACE. La distancia en el ranking todavía es considerable, pero la inercia tiene su propio lenguaje. Cada final entre ellas va a ser un capítulo decisivo de una historia que está lejos de terminar.
El corazón también toma decisiones
Por si no había quedado suficientemente clara la tesis después de todo lo vivido en Bélgica, el propio torneo añadió un epílogo. Porque el baile de parejas que se avecina en las próximas semanas también tiene mucho de emocional, de víscera, de decisiones que van más allá de la lógica del ranking.
Fran Guerrero volverá a jugar junto a Javi Leal, el compañero con el que lleva compitiendo desde los tiempos de menores, con quien construyó una identidad de juego reconocible la temporada pasada. Y luego está el movimiento que miles de aficionados llevaban años esperando: Paquito Navarro y Martín Di Nenno juntos de nuevo, cuatro años después. Fue el sevillano quien en 2021 le dio al de Ezeiza ese salto definitivo en calidad y en ranking. Juntos encadenaron finales, pusieron en jaque a los números uno, generaron una de esas parejas que dejan huella. Que haya tardado tanto en rehacerse es, sinceramente, difícil de explicar.
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Y un último argumento, este sí que no les va a gustar del todo a los psicólogos deportivos. Está bien gestionar las emociones dentro del 20×10. Que un punto clave no te dispare ni que un error te condene el resto del partido. La homogeneidad emocional tiene su valor, nadie lo discute. Pero el propio Augsburger lo confesó en rueda de prensa después de las semifinales: fue un partido mucho más mental y emocional que táctico. La doble falta de Galán que abrió el marcador, la cantidad de errores no forzados de los cuatro. A veces el partido no lo gana el mejor sistema, sino el que mejor gestiona lo que siente.
Todo esto hace que el Brussels P2 nos haya devuelto algo que creíamos que el deporte moderno había enterrado: el placer de dejarse llevar por la emoción.
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