Carlos Pozzoni conoce como pocos el vaivén emocional del alto rendimiento. El técnico argentino, con años de banquillo a sus espaldas, acompaña este curso a una de las parejas más observadas de Premier Padel: Juan Lebrón y Franco Stupaczuk. Él mismo la define como “revoltosa”, un adjetivo que no busca el titular fácil, sino que explica la complejidad de gestionar dos talentos que vibran alto y que no quieren conformarse con ser alternativa: pretenden discutir el poder de Tapia–Coello y Chingotto–Galán.
La alianza entre el gaditano y el chaqueño nació sabiendo que cada punto sería radiografiado. La cámara no solo captura golpes; también capta silencios, miradas, disensos. Pozzoni lo asume sin dramatismos: a veces el desacuerdo sube de tono, él y Lebrón chocan, y es Stupa quien ordena el aire. No hay épica en ese gesto, hay oficio. “Lo que pasa dentro de la pista queda dentro de la pista”, recalca. La frase no es un atajo: es un compromiso de grupo para que la fricción sea combustible y no incendio.
El entrenador va más allá y pone el foco en la humanidad competitiva de Lebrón. “Sufro por él”, confiesa. No es una coartada, es una constatación: el ‘Lobo’ lidia con una parte del juego que no pesa gramos ni se mide en RPM, la gestión emocional. Trabaja en ello —rutinas, conversaciones, ajustes entre puntos— porque la exposición duele cuando el juicio es constante. Pozzoni no blanquea los errores, pero los encuadra: hay crítica que enseña y otra que erosiona. Su objetivo es cristalino: que la versión íntima de Juan —la que conocen vestuario y familia— se parezca más a la que ve el mundo cuando compite.
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En términos deportivos, el plan no es solo psicológico. Pozzoni busca que Stupa y Lebrón expriman sus complementariedades: la lectura táctica y el volumen defensivo del chaqueño, con la agresividad aérea y la presión en red del gaditano. La clave, según el entrenador, está en sincronizar decisiones bajo estrés: elegir cuándo acelerar, cuándo sostener, cuándo frenar al rival con cambios de altura y cuándo morder con primeras voleas. La pareja, dice, se está entrenando para convertir los momentos calientes —los que antes desencadenaban ruido— en puntos de inflexión controlados.
El contexto no ayuda a la paciencia. Tapia–Coello y Chingotto–Galán han elevado el listón con una mezcla de consistencia y pegada que obliga a rozar la excelencia para competirles. Pozzoni acepta el reto: si la identidad de Stupa-Lebrón madura, no solo tendrán picos, tendrán continuidad. Y ahí está la verdadera batalla, la que no se televisa: la de construir hábitos que resistan en semifinales largas, en desempates que aprietan la garganta, en torneos encadenados donde el cuerpo pide tregua.
El mensaje final del técnico suena a promesa y a advertencia interna: si logran que el carácter sume y no distraiga, veremos una versión distinta, más redonda. No se trata de domar el fuego, sino de orientarlo. Cuando el talento y el temple se encuentran, el resto del circuito lo siente en el marcador antes de entenderlo con palabras.
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